Biografía

MIGUEL ZAPATA

Los años cuarenta del siglo pasado fueron tiempos duros para una buena parte de la población del planeta. Donde no morían a miles hombres jóvenes perecían otros sepultados entre las ruinas de ciudades que habían sido modelos de belleza arquitectónica. La rápida destrucción de Europa coincidía con el lento y cruel despertar de una España arrasada por su reciente guerra y sometida por una dictadura híbrida entre militar y religiosa cuya fuerza represora llegaba hasta los rincones más lejanos del país. Sin embargo, una vez que los tiros dejaron de darse públicamente, los habitantes fueron reinventando el uso cotidiano del vivir en medio del hambre y el frío.

Fue en 1940 cuando nació Miguel Zapata en la ciudad de Cuenca, prototipo de urbe lejana, pobre, mal comunicada y controlada hasta en sus menores costumbres por la Iglesia Católica. Su infancia fue feliz en aquél páramo y en la credulidad de su adolescencia arraigó con fuerza la fe religiosa, una huella que a lo largo de su carrera se manifestará como belleza en una recuperación pagana de lo sagrado convertido en arte (“Por debajo de mis manchones se adivinaba una extraña sensación de perplejidad religiosa agitada por un impreciso torbellino de inquietudes sociales” 1998). Desde sus primeros dibujos se aprecia el doble influjo recibido: el campo seco de los labriegos y sus yuntas y el contraste violento de las procesiones de Semana Santa sobre las fachadas polícromas de Cuenca.

Semana Santa Cuenca paso del Jesús-1

Austeridad extrema y fe ciega levantada a los aires en imágenes de cristos ensangrentados o en cánticos y rezos pidiendo lluvia.

Dotado de una destreza extraordinaria para el dibujo, esa escenografía no pudo serle ajena. Dibujó y pintó multitud de cuadros en los que el trazo firme y la pincelada suelta, sobre bastos soportes de arpillera, resaltaban lo que de autenticidad se manifestaba en los temas: penuria, sufrimiento, soledad de personajes cruzando la estepa castellana o sentados en cualquier bar de cualquier calle retorcida de la ciudad vieja. Lo hacía con naturalidad sorprendente, sin maestros ni escuelas. Diríase que nació sabiendo pintar.

A mediados de los años sesenta y abierto a otros horizontes en Madrid, Barcelona y París se aprecian cambios sustanciales en sus trabajos. Años de transformación en todos los ámbitos culturales servirán de lectura, interpretación y acomodo de otras tendencias pictóricas que recorrían el mundo. Acomodo a sus raíces que, pese a la diversidad de materiales que fuera introduciendo, siempre estarían presentes. A las procesiones religiosas esquematizadas sobre tablero y enriquecidas con maderas y trapos superpuestos se unirán series de obispos y cardenales cuyo volumen y jugosidad cromática invitaba igualmente a introducir elementos que saliéndose del plano parecían buscar equilibrios en la distribución del espacio de manera que una geometría nueva aprendía a convivir con los patrones primordiales. En esos años de búsqueda ahondó en el vacío temático del abstracto construyéndose él mismo brochas enormes con las que cruzaba las telas con torrentes de color espeso, introdujo planchas metálicas y trozos de viejas maderas, encajó algún lustroso cardenal, convertido ya en densa textura, entre fragmentos de bajorrelieve barroco.

Cardenal Z-1.Encajó algún lustroso cardenal, convertido ya en densa textura, entre fragmentos de bajorrelieve barroco.

Conociendo la historia de su pintura y en especial la de aquellos años de rabiosa y a veces desesperada búsqueda de norte resulta comprensible y lógica su evolución posterior. La irrupción del relieve en su obra podría ser el resultado de su interés por las viejas culturas mesopotámicas, por el uso que hiciera de sacos y arpilleras en sus comienzos y por la pintura de Millares. Así, Velázquez, Masaccio o Durero, reinterpretados tridimensionalmente “… me prestarán su apoyo incondicional en forma de referente pictórico sobre el que operar impunemente.” Rico sustrato que nutriendo y enlazando con el expresionismo abstracto anunciará la aparición del nuevo lenguaje que iba a crear.

Que eligiera el cuatrocento como parte de su lenguaje no constituye un hecho fortuito ya que Miguel Zapata era, ante todo, un humanista en el sentido pleno del término. Conocedor de las enormes repercusiones que ese periodo tiene en la formación del gusto europeo posterior aprovecha ese “referente pictórico” como punto de arranque. Pero habiendo madurado cuando el arte renacía de los escombros de la segunda gran guerra se hizo igualmente con las formas de expresión coetáneas. En ese punto fue consciente de que había estado viendo desde sus comienzos aquello que quería pintar. España guarda un patrimonio artístico abundante que no siempre se ha valorado: casas solariegas e iglesias enteras han sido vendidas o se han dejado hundir; frescos extraordinarios han sido picados con brutal regularidad para cubrirlos con enlucidos a la moda y vueltos a descubrir por picadores posteriores incitados a la búsqueda de pinturas antiguas. Y, ¿qué decir de Italia con su fantástica reutilización de sillares romanos cruzados de inscripciones paganas en templos cristianos, con el extraordinario desplazamiento de miles de columnas, o la superposición, el desgaste y el abandono de tanto fresco y bajorrelieve? Es decir, la fusión de la pieza grecorromana o la del siglo XV con lo que el tiempo y la mano del hombre le han puesto encima constituye parte del paisaje estético de la vieja Europa. El trabajo estaba hecho pero no estaba representado como arte. Miguel Zapata ha sabido crear un lenguaje de gran belleza que pone en comunicación compartimentos definidos como estancos en la más clásica tradición académica: Renacimiento y expresionismo abstracto. Esa es su originalidad: la invención de un idioma nuevo en el que pueden dialogar personajes o escuelas tan distantes en el tiempo.

Caballero Durero  2-1Esa es su originalidad: la invención de un idioma nuevo en el que pueden dialogar personajes o escuelas tan distantes en el tiempo.

Idioma que a su vez introduce un equilibrio formal en el desasosiego y la perturbación que de la ruina se desprende, haciendo convivir lo inquietante con lo deleitoso. Es el idioma Miguel Zapata. En la reconstrucción exquisita que hace de la pieza clásica introduce fractura y destrucción de manera que el conjunto adquiere unidad y sentido propios. Palimsestos, arqueomonías, indagaciones dialécticas, wall relief paintings son algunas de las expresiones que los críticos han utilizado para llamar a sus cuadros porque su obra ocupa un ámbito en el terreno artístico harto original al no tener relación alguna con el collage, ni tampoco ser solo bajorrelieve ni pintura sino una síntesis entre ambos.

Maternidad, Camino de Pedraza a Matilla-1

Miguel Zapata era, ante todo, un humanista en el sentido pleno del término.

Hasta mediados de 1980 el trabajo que realiza en sus estudios de Cuenca y Madrid será adquirido por clientes particulares y alguna institución, mayoritariamente en España. Desde que en 1985 el Meadows Museum de Dallas expone su obra y obtiene un reconocimiento inmediato se instala en la ciudad tejana, tan distante y distinta de Cuenca, dando comienzo a una sosegada y prolífica segunda parte de su vida y creando algunas de las obras más hermosas de toda su carrera, recogidas en colecciones privadas y museos de Estados Unidos. Dada la cálida acogida que recibió de sus futuras amistades tejanas decía cuando desde el avión se divisaba el aeropuerto de Dallas-Fort Worth “ya estamos en casa”.

Miguel Zapata murió en Madrid, el 3 de febrero de 2014.